la voz del pueblo - 20/06/2013
El ejemplo de Belgrano
Escribe Horacio Ramírez

El 25 de mayo de 1820 -a veintitrés días de su muerte- la salud de Belgrano
había empeorado. Fue así que llamó al escribano Narciso de Iranzuaga, el más
renombrado de los siete notarios con los que contaba la ciudad, decidido a
dictarle su última voluntad. Con el sello que rezaba "Supremo Poder Ejecutivo de
las Provincias Unidas del Río de la Plata", comenzó De Iranzuaga la triste
tarea.
Su primer deseo fue que su cuerpo fuera inhumado amortajado con el hábito del
patriarca Santo Domingo en el panteón que su familia tenía en aquel convento.
Toda su familia había estado ligada siempre a la religión Católica: ya su padre,
Domingo Belgrano y Peri, había alcanzado el grado de Prior de la Tercera Orden,
la destinada a honrar a los laicos. Los padres dominicos, de quienes Belgrano
era vecino, lo asistieron en sus últimos momentos. En cuanto al panteón, éste
fue conseguido por su madre, Josefa González Casero, cuando este trámite era
necesario -en el 22, Mitre aboliría los camposantos y todos los
cementerios serían seglares-. Sus bienes materiales se los legó a su hermano, el
canónigo Domingo Estanislao, a quien le hiciera el personal pedido de que todo
fuera a manos de su hija natural Manuela Mónica.
En la columna dedicada al
inventario de sus bienes, se destaca que no tenía ni dinero en efectivo ni
bienes raíces y sí, en cambio, le sobraban aquellos que le debían, entre ellos
Cornelio Saavedra, quien fue el único que honró su deuda.
Desde aquel 25 de
mayo hasta el 19 de junio recibió pocas visitas en su casa. A su lado, siempre
estuvo Juana, su hermana. Y en la desapacible mañana del 20, fallecía Belgrano a
la edad de 50 años, en su casona natal de Regidor Antonio Pirán -hoy Belgrano-
al 430.
En Buenos Aires su muerte pasó totalmente inadvertida: lo único que
parecía importar en aquel 20 de junio eran las noticias sobre lo que se
conocería como "el día de los 3 gobernadores", cuando el poder se disputaba
entre el Cabildo, Ramos Mejía y Estanislao Soler. Las disputas por el poder,
antes y después de su muerte, seguían deshaciendo la República que tanta sangre
había costado crear. Pero Belgrano murió en silencio. Sólo lo rodeaban sus
familiares más cercanos y algunos de los infaltables dominicos. En el silencio
que lo rodeaba, sólo se oía la letanía del fraile. En eso, con sus últimas,
fuerzas Belgrano intenta incorporarse para exclamar con un hilo de voz "¡Ay,
Patria mía!".
Nunca se supo quién había autorizado hacerle la autopsia. Su
médico personal, el Dr. Redhead, observó el estado en el que había quedado su
corazón, dilatado al extremo como consecuencia de las múltiples enfermedades que
lo aquejaban. Su cuerpo fue embalsamado, seguramente a la espera de que el
Cabildo tomara alguna decisión respecto de las exequias. Pero eso no ocurrió
nunca.
En el patio de la iglesia de Santo Domingo fue sepultado con el hábito
religioso, en un féretro de pino cubierto con un paño negro sobre el que
descargó una capa de cal y argamasa. La losa que cubría el sitio -un mármol
cortado proveniente de la cómoda del dormitorio de su hermano Miguel- tenía
tallada la lacónica frase: "Aquí yace el General Belgrano". Y nada más.
Eso
fue el final del que, junto a San Martín, puede ser considerado el verdadero
Padre de nuestra Patria. A su velatorio asistieron algunos familiares lejanos,
su hermana y unos pocos vecinos, amigos del prócer. Sólo "El Despertador
Filantrópico", dirigido por el padre Castañeda, dio nota de su fallecimiento en
su edición del 22 de junio. La "Gazeta" y el "Argos" se perdieron la noticia. No
obstante, entre octubre y diciembre, medios de París, Madrid y Londres acusaron
recibo de la triste nueva.
Recién al cabo de un año Buenos Aires realizó el
primer acto de recordación. Escribiría Sarmiento: "Belgrano apareció en la
escena política sin ostentación; desaparece de ella sin que nadie lo eche de
menos y muere olvidado, oscurecido y miserable" Y agrega: "Casi treinta años
transcurren sin que se mente su nombre para nada".
Nos dejó una bandera: una
idea de Nación, esa inteligencia emocional que hay que poner en marcha para
construir un país desde la mente y el corazón. Nos dejó el ejemplo de la entrega
al bienestar público sin esperar más recompensa que la simple noción del deber
cumplido.